3. EL FANTASMA DE LOS LIBROS

 

Helen me besó emocionada. Hacía un año que no nos veíamos, aunque hablábamos con frecuencia. Podíamos pedirnos lo que quisiéramos o necesitáramos porque dejaríamos todo para ayudarnos. Así que salí inmediatamente cuando me llamó aquella mañana en un sollozo.

         Mil suposiciones en seis horas conduciendo, un nuevo récord para mi maltrecho coche y para mí, con un catarro mal curado como secuela del gélido rescate en Chicago. Una lluvia incómoda me dio la bienvenida a Midtown. Cuando aparcaba delante de su casa, vi a Helen abrir la puerta y salir corriendo. Al bajarme me abrazaba y empezaba a llorar entre aquellos cariñosos besos que le devolví.

         —¡Oh, Lloyd, tú la encontrarás!

         —Claro. Cálmate, cielo.

         —¡Qué poco has tardado! Debes de estar muy cansado.

         —No te preocupes. ¿Y Andy y Matt?

         —Con el sheriff, y mamá no se ha movido de aquí.

         —¿Y…?

         —Dentro también. Pero ya sabes, no ha podido ir a la batida y está furioso.

         —Seguro. Vamos, nos estamos mojando.

         Un beso más a sus preciosos ojos verdes, más limpios y brillantes que los míos. Llevaba el largo pelo castaño mal recogido en una coleta, pero su mirada y su cuerpo dejaron de temblar cuando quiso sonreírme abiertamente. Helen era mi hermana pequeña y me adoraba, pero yo la adoraba más.

         En el porche mi madre me recibió con los mismos ojos verdes húmedos pero más apagados. Su beso y abrazo fueron más templados y su ánimo contenido, con esa conformidad propia de ella para lo que deparase el destino. Pero la noté más frágil.

         —¿Cómo estás, hijo? Te veo delgado y muy pálido —dijo con media sonrisa llena de calidez.

        —Y yo a ti más guapa. —Le tembló la barbilla y yo se la alcé—. Eh… Aparecerá y estará bien. Ya lo verás.

         Ella asintió reponiéndose enseguida.

         Mi padre estaba en la cocina, sentado en una silla bajo el teléfono en la pared, con la mirada perdida y un cigarrillo entre los dedos. Simplemente levantó un poco las cejas al verme y se tocó el eterno bigote un instante.

         —Ah, tú… —dijo con la voz cavernosa y el destello lobuno en los ojos que me había dado.

         —Hola, papá. Ya veo que estás bien. —Él se encogió de hombros dando una calada. Entonces Helen me ofreció una taza de café—. Gracias. Vamos, siéntate y cuéntame bien qué ha ocurrido.

 

 ***


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Comentarios: 1
  • #1

    albacabrera (jueves, 29 agosto 2019 14:52)

    me gusto lo encuentro entretenido lectura facil de seguir